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Lenguajes que tiran barreras Coco Márquez

Hasta hace poco tiempo, la mayoría de las personas (algunas aún lo hacen) hablaban de la discapacidad como una enfermedad, como una pena, como algo “especial”, como lo anormal… y no porque todos tuvieran una mala intención detrás o quisieran hacer esta distinción de una forma evidente, sino porque esa concepción era la aceptada.

En estos tiempos que corren nos hemos visto sacudidos por una serie de cambios en muchos sentidos, no hablo de un momento inmediato, de días, sino de años, en que las voces de muchos se han elevado en más de una forma, incluso sin sonido.

A pesar de esos cambios donde la palabra “inclusión” resuena cada vez con más intensidad en diferentes ámbitos, se siguen teniendo ideas muy definidas sobre lo que ha de hacerse, lo que se necesita, lo que se acepta, lo que realmente se valora… y esos muros apenas empiezan a agrietarse.

Fue hace poco más de diez años que se conformó la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad y entonces nos dijeron a todos que las personas con discapacidad son todas aquellas que tienen alguna deficiencia física, mental, intelectual o sensorial de forma permanente y que se enfrentan a barreras que pueden impedir su participación plena en la sociedad.

Nos aclararon (y cada día lo especifican más y amplían los conceptos) que una discapacidad no es en esencia lo que hace diferentes a las personas, porque ya todos somos únicos; es solo una condición más, una característica que no tiene por qué ser motivo de distinción y las barreras no se dan por la discapacidad en sí, sino porque seguimos rodeados de moldes prediseñados en los que no todos cabemos, con deficiencias o no.

Aquí lo que puede ser un problema realmente es esa miopía selectiva no de la vista sino de las mentalidades, que no permite ver más allá o apreciar cómo todas esas diferencias, como siempre, enriquecen, ya no solo hablando de discapacidades, sino de opiniones, de preferencias, de razas…

Y es que no soy para nada una experta en el tema, no soy abogada de derechos humanos ni poseo conocimientos profundos de educación inclusiva; pero conozco personas que sí y también conozco personas que tienen discapacidades y que van superando las barreras que les ponen en frente.

Constantemente, se discute sobre la importancia casi vital de aprender otras lenguas (aunque se dejan de lado bastantes por su “poca utilidad”), de obtener más y más conocimientos prácticos en esta era donde las máquinas nos arrastran y con gusto las seguimos. Hoy en día, si no dominas un idioma distinto a tu lengua materna o te mueves en redes sociales como si hubieras nacido haciéndolo, ya estás etiquetado por debajo de quienes sí lo hacen.

Pero ¿qué pasa con esos otros lenguajes que son dejados de lado? ¿Qué pasa con esas voces que solo hablan unos pocos? ¿Qué hay de esas voces que no tienen sonido? Hay más formas de comunicarse y de adquirir conocimientos; hay más sentidos y casi siempre se omiten, a veces hasta inconscientemente, porque muchos los dan por sentados; pero eso puede cambiar en cualquier momento.

A veces nos olvidamos de todo eso que algunos se han esforzado en hacernos ver, repitiéndolo hasta el cansancio; nos convertimos en los mismos muros que deberíamos tirar, o contrafuertes que no ven, que no escuchan, que pareciera que no sienten en absoluto.

Tal vez, si prestáramos atención, nos daríamos cuenta de lo importante que es aprender esos otros lenguajes; aprender a ser personas, no máquinas funcionales, y sentir empatía; recordar cómo las miradas y las caricias también dicen mucho; ser lo suficientemente fuertes para romper los moldes y demoler las barreras.

Así, mientras aprendemos otros idiomas y otras habilidades para desarrollarnos, podríamos aprender también lenguaje de señas y mantener una conversación con alguien que no puede oír o hablar, pero que observa atentamente; podríamos aprender braille y compartir un texto con alguien que no puede ver, pero siente; podríamos hacer un sinfín de cosas…

Y debería ir más allá de las discapacidades, debería trascender en todas esas características que nos hacen distintos. Es una mera cuestión de querer y hacer. Es lo que se necesita para que todas las voces resuenen tan alto que hasta el último de los muros caiga sacudido por su vibración.

 

Coco Márquez vive en Guanajuato. Realizó estudios en comunicación, gastronomía y artes. Escritora, profesora y ávida lectora. Viajera y paseante. Amante de la historia, los misterios de la memoria, la magia y las largas conversaciones.

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